Su turno en Saturno
El dispensador de turnos era de color rojo. De él se extraían números de tres cifras en papel verdoso. El número tenía las centenas en negrita y las decenas y unidades con un grafismo en relieve. Se veían con dificultad. El hall de aquella sala era estrecho. Bueno, era un pasillo con bancos (sin nacionalizar) en los laterales. Había gente mayor desorientada dando vueltas y, por lo que entendí después, algunos no habían sacado su turno todavía. Por supuesto, nadie les atendía. Era una institución pública.
Un inútil de unos 45 años tira de la máquina con una mano y, por no sujetar con la otra, al estirar saca tres números de una tacada. Se queda con el primero y con los otros dos hace un buñuelo (sin bacalao) que pone de cualquier manera junto-alrededor de la máquina. Por supuesto, se caen y no los recoge.
Aparecen un señor (60 años) y su hijo (30 años) con andares de reyes del mambo. Sudan del número, no leen las instucciones que hay junto a la puerta de la sala y entran en el despacho donde se encuentra el funcionario. Salen de allí (ya sin mambo). En ese tiempo han cogido número dos personas más. Por lo tanto el señor y su hijo harán más cola. Por listillos. Se queja amargamente el hombre al coger turno que aquello es una vergonya. Tiene razón, pero también es cierto que su educación y formas están bastante más abajo que sus pantalones por encima del ombligo.
Una chica más o menos de mi edad, con una tos nada preciosa que sí precisa cerca de mi portafolios, sobrevive abiertamente desde el infierno de su garganta.
Yo me encontraba esperando mi turno de pie, apoyado en una barandilla de mármol fría como el trato al público de la institución. El motivo era laboral y aunque perdiera allí toda la mañana ese tiempo formaba parte de mi sueldo. Be quiet.
Un señor mayor con bastón se me acerca. Era el doble casi exacto de Stan Lee. Gafas semioscuras, bigote estrechillo wéstern, traje gris muy viejo y peinaba sus finas canas hacia un lado. (Pero ni era Stan Lee ni participaba en ningún cameo de mis películas de realidad outsider. Era de verdad). Me dice:
-"Disculpe joven, ¿a qué hora cierra ésto?"
-"A las 14:00". (Eran las 11:50+-). Le indico que lo pone en el panel de enfrente. Me acerco con él para que lo mire. Se retira las gafas y mira con poca covicción el comunicado. No me pareció que lo leyera.
Le digo: "Tiene que coger un número. Si no no lo atenderán".
- "Aaaaaaah... el número". Se gira y a unos cinco metros se encontraba sentada en un banco (todavía sin nacionalizar y sin fondos de reserva) su esposa, una entrañable señora con caracolillos en su cabellera de teñido difícil. Él le dice desde allí lo del número y se miran ambos con impotencia en un gesto de ternura exhasperante.
-Le comento: "han venido a buscar un certificado, ¿verdad? Si lo van a pedir por primera vez debe rellenar un formulario. Si ya lo habían solicitado tenga preparado el resguardo que expiden cuando se pidió...
(Se pone serio y cabecea lentamente con su barbilla rozando el nudo de su corbata).
-"No puede ser. Con la de gente (funcionarios) que estoy viendo en el mostrador de ahí detrás y que nadie nos atienda...! Además es que yo... yo... YO NO SE! (Me dio a entender que no sabía escribir y por la manera que miró el cuadro de horarios puede que leer tampoco. Maldita y cruel la casualidad de encontrarle parecido al señor con el señor Lee.)
Uno de esos crochets a la mandíbula de mi sensibilidad cotidiana. De los que te pone el corazón estreñío. Bastante más directo que las fantasmadas de cualquier cantante withorwithout gafas de mosca+camisa militar acariciando a un niño enfermo de Därfur.
Intenté ayudarle rellenando el formulario pero había datos de los que no disponíamos. Quedó incompleto. (Me temo que debería volver otro día...)
Llegó mi turno -el 220-, hice mi gestión y me fui.
Era el Registro Civil de BCN. Una desoladora nana siniestra en los anillos de "su turno" con la sensación de estar tan lejos como en Saturno. El círculo se cerró cuando al salir por la puerta una chica bromeaba y lanzaba arroz a una pareja por su enlace matrimonial (de nuevo, anillos). Lanzaba arroz , sí, del que estriñe...pero a mi ya me habían dejado el corazón ídem en aquel vergonzoso planeta.
Curiosa fórmula, nada matemática pero sí real:
su turno=Saturno=anillos=enlace(matrimonial)=arroz=estreñimiento (de lo que sea)



Mantis dijo
que me entere yo? te has casado? jué, al principio creí que estabas en el Inem y al ver que era el registro civil ya me he perdido... bueno que imagino que curras en algo que necesita de certificados de esos varios...
Anda hombre, que el abuelillo tan contento de topar con un corazón estreñío... si lo piensas en el rato que anduviste rellenando el papelorio ese, se te pasó más rápido ¿a qué sí?
Bueno que supongo que no te gustan los funcionarios y como funcionan, a mi tampoco, ya tenemos algo en común...
Petons Pelusilla hasta Barna y hasta Saturno... ;-)
22 Octubre 2008 | 07:33 PM